05:34 - Luns, 21 Maio 12

VIDA Y OBRA

SAN CIPRIANO nació en África, probablemente en Cartago, en la primera década del siglo. Su familia era pagana, acomodada y culta. Fue maestro de elocuencia en Cartago, donde consiguió fama, hasta que se convirtió, dio sus riquezas a los pobres y poco después fue ordenado sacerdote. Al año de su elección en el 248 como obispo de Cartago, comenzó la persecución general de Decio del 250 y, pensando en el bien de la comunidad, Cipriano se escondió y procuró, desde su escondite, ayudar y dirigir a sus fieles. En cambio, unos años después, en la persecución de Valeriano, Cipriano no huyó, fue primero desterrado y luego, llamado del destierro, vuelto a juzgar y decapitado en el año 258. Las actas de su martirio se conservan.

A mediados del siglo III hubo una controversia en Occidente sobre el perdón del pecado de apostasía. Hasta entonces, ese pecado estaba excluido de la penitencia eclesiástica, y el apóstata, separado déla comunidad de los fieles hasta el final de su vida, tenía que confiar en que Dios oiría sus súplicas privadas. Sin embargo, había la costumbre de que el obispo readmitiera a aquellos apóstatas por los que intercedían los que estaban o habían estado presos esperando el martirio, los llamados «confesores» porque habían confesado la fe.

Pero la persecución general de Decio, de la que ya hemos hablado, acababa de producir un número excepcional de apóstatas, de diversos grados. Ante la obligación de sacrificar a los dioses, algunos lo habían hecho, otros lo habían simulado a través de una tercera persona o bien se habían conseguido por algún medio un certificado de haber sacrificado sin haberlo hecho realmente; en algunos lugares eran más que los que habían permanecido fieles. Y había largas colas ante los confesores, que intercedían incluso por personas que no conocían, y hasta había uno que lo hacía en general, por todos los apóstatas dondequiera que se encontrasen; además, esas intercesiones se estaban haciendo a veces con una cierta arrogancia, como si sus súplicas al obispo fueran órdenes.

Cipriano modificó esta práctica. En adelante, estas súplicas se examinarían con cuidado, cuando cesara la persecución, y los interesados serían admitidos a la penitencia pública pero no reconciliados sin más. Ante la oposición de muchos pero con el apoyo de los obispos de África reunidos en sínodo, Cipriano escribió a Roma explicando el asunto. En Roma, el papa San Fabián acababa de morir mártir, y en la sede vacante gobernaba la Iglesia romana el presbítero Novaciano, a quien le pareció bien la decisión de Cipriano, aunque era innovadora.

Poco después fue elegido un nuevo papa, San Cornelio, que aprobó también la práctica de San Cipriano. Pero Novaciano, al parecer herido por no haber sido elegido él, y movido por su tendencia rigorista, rompió con Cornelio, comenzando a sostener que no se debía admitir a la penitencia a los apóstatas. Aunque Cornelio condenó esta doctrina y excomulgó a Novaciano y a sus seguidores en un sínodo romano, a éste le apoyaban algunos presbíteros y confesores y fundó una secta, la de los novacianos, con su jerarquía y sus iglesias. Esa secta, al encontrar eco en la tendencia rigorista que también existía en otras partes, se extendió bastante; más adelante, en el año 326, sería hasta legalmente reconocida por Constantino. Un siglo después tenía aún una iglesia en Roma, y en África y en Oriente perduró todavía más tiempo; aún a comienzos del siglo VII se escribiría en Alejandría un tratado contra los novacianos.

Otra controversia tuvo lugar, esta vez entre Cipriano y el sucesor del papa Cornelio, Esteban; Cipriano negaba el valor del bautismo conferido por los herejes, en contra de lo que era práctica común en Alejandría y en Roma, como también lo había sido en África hasta unos 30 años antes; controversia a la que puso fin la muerte de San Cipriano en el martirio.

Hombre culto y equilibrado, aunque admiraba mucho a Tertuliano supo evitar sus extremismos; no tiene sin embargo la penetración de éste. Sus escritos son de carácter práctico; le interesan más las almas que las ideas, y a menudo trata de justificar sus acertadas actuaciones con teorías que lo son menos, o que resultan contradictorias con las establecidas por él mismo en otra ocasión. Fue muy leído en el medievo, como lo atestigua el gran número de manuscritos de sus obras que nos han llegado.

Obras de San Cipriano de Cartago

Su primera obra, A Donato, es una explicación de los motivos de su conversión, y una invitación a que muchos le sigan. Sobre el vestido de las vírgenes trata de las costumbres que éstas deben observar, y depende de la obra de Tertuliano sobre el vestido de las mujeres, pero evitando estridencias en el fondo y en la forma. Sobre los apóstatas, escrito a su regreso después de la persecución de Decio, establece las normas que se seguirán para la readmisión de aquéllos. Sobre la unidad de la Iglesia, uno de sus tratados más influyentes a lo largo de los tiempos, está escrito sobre el trasfondo del cisma de Novaciano: hay una sola Iglesia, edificada sobre Pedro, y fuera de ella no hay salvación, «no puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por Madre». La autenticidad de unos párrafos sobre el primado de Pedro ha sido objeto de una larga controversia que dista de estar cerrada.

La oración del Señor está basada en el tratado de Tertuliano sobre la oración, pero es más completo y profundo, y está más centrado en la exposición del padrenuestro. A Demetriano, un escrito original y lleno de fuerza, recuerda la literatura apologética, y responde a las acusaciones de que los cristianos son responsables de los males que azotan a la humanidad, con la idea de reforzar al mismo tiempo la fe de los cristianos. Sobre la mortalidad, escrito bajo el recuerdo de la persecución de Decio y de una peste que le sucedió poco después, da una interpretación profundamente humana y cristiana sobre el hecho inevitable de la muerte.

Sobre las buenas obras y las limosnas es una invitación a la limosna, especialmente necesaria en las circunstancias de miseria acabadas de aludir, y muy leída en la antigüedad. Las ventajas de la paciencia depende muy de cerca del tratado sobre la paciencia de Tertuliano, y parece tratarse de un sermón. Sobre los celos y la envidia explica cómo éstos son los mayores enemigos de la unidad de la Iglesia y cómo son vencidos únicamente por el amor al prójimo. A Fortunato, exhortación al martirio, escrito a petición de éste, recoge pasajes y sentencias bíblicas sobre el tema. A Quirino, tres libros de testimonios es una apología contra los judíos, una explicación de cómo Cristo era el Mesías que ellos esperaban y de cómo hizo cuanto de Él había sido escrito, y un resumen de los deberes cristianos,tratados cada uno de estos tres temas en uno de los libros. Finalmente, Que los ídolos no son dioses es una obra de carácter apologético que responde a su título; su autenticidad es discutida, y muchas de sus ideas están tomadas de apologías latinas anteriores.

Por último, hay que mencionar las Cartas de San Cipriano, una colección de sesenta y cinco escritas por él a la que acompañan dieciséis que recibió, de Novaciano y del papa Cornelio entre otros, y que son una fuente extraordinariamente valiosa para la historia, especialmente eclesiástica, del período. También tienen interés para el filólogo, pues reproducen muy de cerca el lenguaje hablado del momento.